Fragmento #9 - Lazos y regalos

Lunes, 1 de marzo 2010
En Sevilla

-Carla, cariño, ven a jugar con tus amiguitas.
-No quiero.
-Anda, no seas terca, hija, que han venido a tu cumple -mi madre me lleva con esfuerzo ante un corrillo de niñas vestidas con trajes de piqué rosa, con florecitas y grandes lazotes en sus rizadas cabelleras.
-No, no quiero ir -el lazo estaba en una posición perfecta, cada vez lo veía más claro.
-Venga, ¡mira lo que te ha traído Rosita!

Todas estábamos en la misma situación: ninguna quería celebrar mi quinto cumpleaños. Así que debía conseguir que se fueran lo antes posible. Si mi madre me obligaba, las consecuencias podían ser nefastas. Logró que soplara las velas, pero en lugar del besito de cortesía, tiré del lazo de la que tenía más cerca. Ese día me llevé una gran bronca, pero me dejaron de celebrar mi cumpleaños con mis amigos de verdad. Sabían a lo que se atenían si volvían a repetirlo el año siguiente. Así que a partir de entonces, lo celebraba con Santi, un amigo del supermercado, según mi madre de clase media y con el que no debía juntarme, y la hija de mi tata, María, los dos muy normales.

Quito el dvd (por lo menos las horas en la cabina de duplicación han servido para algo) y me quedo mirando la pantalla oscura de la tele. En lugar del negro hay una imagen en color: Gloria. Es tan parecida a esas niñas... Pero esta vez no puedo estar con mis amigos de verdad porque no tengo. Ellos y yo hemos seguido caminos diferentes, y cada uno está en un lugar del mundo, a muchos kilómetros de los otros, hemos perdido el contacto, porque por aquellos años no había todavía messenger ni ordenadores para todos. Porque ni todo el dinero del mundo, ni todo lo material que una tenga, puede comprar algo como la amistad. Y si ésta sólo se basa en la conveniencia, entonces, es todo una falsa. Vuelvo a ver a Gloria delante de mí. Me levanto y me voy a la cama. Apago la luz y esta noche, por primera vez en mucho tiempo, dejo que el llanto me acune hasta caer rendida de sueño.