Fragmento #2 - Como en Ikea, en ningún sitio

Jueves, 11 de febrero 2010
En Castilleja de la Cuesta

Diez de la mañana. Conduzco, voy de compras. Pese a que en mi familia es algo normal ir de shopping cada día a las mejores boutiques y gastarse una montaña impresionante de euros, comprar muebles en anticuarios, y un sin fin de cosas que suele hacer la alta sociedad, a mí esa vida no me llama demasiado. Cierto que lo digo teniendo ya un piso y un coche pagados, además de la tarjeta llena para comprar lo que necesite hasta que consiga un trabajo, pero nunca me ha entusiasmado la idea del paddle o los cotilleos durante las fiestas, ni esa vida cómoda, sin trabajo. Desde pequeña he preferido cenar con la cocinera que con mi familia.
Pero a lo que iba, de compras forzosas en busca de muebles. Y qué mejor para el piso de una estudiante como servidora que los muebles de IKEA: resistentes, baratos, prácticos, cosa que no gusta demasiado en mi familia, pues prefieren lo decorativo e inútil. ¿Qué más se puede pedir? Mientras paseo por los microsalones, una pareja joven habla detrás de mí. No tendrán más de los veintisiete.
- ¿Sabes que Pedro se ha casado? Están buscando un piso –dice ella
- Pues como está la crisis, como no se vayan a un minipiso de los de la ministra, no les llega ni para el primer mes.
- No, están viviendo con la familia de ella.
- Vaya, y luego la gente quiere que los jóvenes nos vayamos de casa a los veinte.
Uh uh, cómo está la cosa de caldeada. Paso a la siguiente sección, ahora hay camas y más allá veo sillas y mesas. Sigo el recorrido fijado hasta que topo con el restaurante. No tengo tiempo de pararme a comer. Llevo más de dos horas dentro y todavía me quedan todos los utensilios de cocina y chismes para el baño, la decoración del salón y el cuarto. Voy a comprarlo todo de golpe, pues una vez cerrada la tarjeta, no habrá más dinero hasta que consiga un trabajo, lo que espero sea de aquí a un mes como mucho. Aunque veo que la cosa pinta fatal.
La pareja que me encontré hace un rato ha llegado a la vez a las escaleras que bajan hasta la parte del edificio donde están los platos, los vasos y el almacén de las cajas planas. Intento no prestar más atención, por lo que bajo rápido las escaleras. Con lo patosa que soy, (algo que me han recriminado siempre), estoy a punto de darme con el suelo en las narices. Me agarra el chaval que estaba hablando. Una punzada de vergüenza hace que me salgan los colores. Éste se habrá pensado que desde que los ví arriba me he colado por él, y con la novia al lado. Qué mal pinta la cosa… mejor que me vaya cuanto antes. Justo enfrente, recordándome lo egoísta que soy por tener un piso pagado y para mí sola, la alfombra del anuncio. Sí, es cierto, como en IKEA en ningún sitio.