Fragmento #34 - Una noche diferente

Domingo, 9 de mayo 2010
En Sevilla

Ya ha pasado lo peor. Nada más que queda aguantar hasta las ocho de la tarde. Cena de cumpleaños la noche anterior en un restaurante caro de Sevilla, dormir en mi antigua casa (o no dormir con mis primos saltando en mi cama), levantarte con dolor de cabeza y comer en casa de los abuelos, que le regalan una tarta a mi padre como si fuera un crío. Solamente queda el café. La espera se hace eterna, pero el día ha terminado, por fin.
- Mamá, me voy ya.
- Carlita, cariño, todavía es pronto.
- Lo sé, pero tengo que acabar varios trabajos para la facultad, y si no me pongo ya… -espero que le de pena, al menos como para dejarme ir.
- Pero, amor mío –odio cuando se pone tan melosa- tus tíos todavía están aquí.
- Mamá, ellos se quedan hasta final de mes, que se van a la playa, volveré a verlos.
- Pero…
- Te prometo que si no coincidimos, iré a visitarlos a Madrid.
No pongas esa cara porque no vas a hacerme cambiar de opinión.
- ¿Qué sucede, Mercedes? –vaya hombre, mi tía Lalyse une a la reunión.
- Que Carla se va, y no sabemos cuándo volveremos a verla –tendrían que haberte dado el premio a la dramatización del año.
- Mamá, por favor, que estamos en la misma ciudad.
Y yo que pensaba que mi madre siempre está deseando de librarse de mi hermana y de mí. Más de una vez se han ido de viaje mis padres y nos han dejado a cargo de la tata. La única que se ha preocupado por nosotras es mi tía Blanca. Ella se venía esos días y nos ha querido como una verdadera madre. La más joven de las tres hermanas (contando a mi madre) es todo un encanto. No se le ha subido el pijerío a la cabeza, y vive la vida como siempre he soñado hacerlo yo. Pero desde que se ha casado apenas la vemos. Nos diferencian doce años, pero para mí es como si tuviéramos la misma edad ahora mismo.
Después de la despedida de rigor, que me ha llevado más de una hora, estoy por fin en la calle. Cae una lluvia fina pero que cala, a estas alturas de la primavera... Cojo el coche y en dos minutos estoy ya en la avenida de la Buhaira. Tuerzo por el lado del edificio Viapol y salgo a la calle del café. Espera, hay alguien en la puerta. Paro un momento. Si es un violador me pilla seguro, pero la curiosidad me puede. Se acerca quien sea, mejor arranco.
- ¿Hola?
La voz de la sombra me resulta familiar, tanto que la mano que va a la marcha se queda quieta.
- Hola, ¿qué haces aquí?
- Creía que abrías esta tarde… estaba esperando…
El chico poeta me sonríe, empapado hasta los huesos. Tiene una expresión triste, de resignación, que ahora ha cambiado a sorpresa. Mi cara también debe de ser un poema.
- Es domingo, día de descanso... -lo miro de arriba abajo- Está lloviendo, sube. Te llevo a casa –no puedo hacer menos que ofrecerme.
- ¿A casa? No hace falta, gracias.
- Pero si no tienes paraguas. Anda, sube.
- No, gracias, no quiero volver.
¿Y ahora qué? Nos miramos, y se me ocurre una idea. No puedo verlo así, calado hasta los huesos, con esos ojos pidiendo compañía. Le propongo mi paraguas y un paseo, pero lo rechaza. Se encoge de hombros y se da la vuelta.
- ¡Espera! –plan B en marcha, por si fallaba el primero- espera. Sube a mi casa.
- ¿Cómo?
- Sube y sécate, o pillarás un buen resfriado.
- No quiero ser una carga.
Diez minutos después estamos ya arriba, él en la ducha, y yo poniéndome el chándal. Mientras termina, preparo un par de sándwiches, que suelen gustar a todo el mundo. En la cama le he dejado una camiseta y un pantalón de hombre. Era de mi padre y es muy cómodo. Siempre lo tengo en el armario por si acaso.
- Muchas gracias, Carla.
Le sienta bien el pijama. Con el pelo mojado, está muy guapo.
- D-de nada… -acabo de recordar que no sé su nombre- chico poeta.
- Diego, por favor.
- De nada, Diego
Sonrío. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Cogemos los sándwiches y él saca de su mochila un cuaderno. Garabatea algo y me lo pasa.
“¿Te apetece una noche de poemas?”
Cojo un par de cojines del sofá y los echo al suelo. Creo que la respuesta ha quedado bien clara. La lluvia repiquetea en los cristales mientras nosotros nos acomodamos.