Fragmento #54 - Despertar

Sábado-Domingo, 18 de julio 2010
En Sevilla

Subimos hasta mi piso, cogidos por la cintura. Mientras meto la llave para abrir la puerta, Diego recorre mi cuello, soplando y erizándome el vello a cada centímetro. Dejo que siga. Busco a tientas el interruptor de la luz.
- No... -me susurra.
Le hago caso y lo guío como bien puedo hasta mi habitación.
- Carla...
- Mmmm
- Carla, yo...
- ¿Sí?
¿Qué querrá ahora? No es momento ni lugar para hablar...
- Déjame ir al baño primero.
- Sí, claro, ve...
Todos somos humanos. Mientras tanto, me siento en la cama. Retiro la colcha, no quiero que se ensucie. Regresa enseguida, y se tira literalmente sobre la cama y encima de mí. Sus manos suben la camiseta que llevo y termino por sacármela. Pronto estamos los dos desnudos, tumbados, sintiendo la piel del otro. Ha cogido un bolígrafo, supongo que de mi mesilla de noche, y garabatea a lo largo de mi espalda. Mañana me costará horrores sacarme tanta tinta, pero no quiero que pare.
- Eres un poema andante.
- Y tú mi poeta.
Lo acerco hasta mi boca y lo sujeto bien fuerte contra mí.
- Soy tu creación, hazme sentir viva.
Lo beso en los labios y me dejo llevar. Lo siento, lo noto dentro. El dolor va dejando paso poco a poco a otra sensación, ésta mucho más placentera.
- ¿Estás bien? ¿Quieres que...?
- No, estoy bien -le corto.
Efectivamente, estoy más que bien. Tengo todos los sentidos afinados. Además del tacto de su piel, escucho el tic tac del reloj de la mesilla. También escucho y siento la respiración de Diego sobre mi pecho, sobre mi cuello, entrecortada y jadeante. Recorriendo su aliento caliente mis mejillas, besando mis ojos. Huelo su pelo, todavía con el aroma del champú. Saboreo la menta de un chicle que lo acompañó hasta la entrada del piso en su boca. Todos estos sentidos, magnificados por la situación, por tener los ojos cerrados. Dejo que me transporten allí donde nunca había estado antes. Una sensación que sube desde la punta de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Nos hace retorcernos, exhalar aliento que sale de nuestras gargantas en forma de gemidos. El placer nos recorre y nos hace caer rendidos, exhaustos, pero felices, a gusto, y tranquilos. La adrenalina se ha consumido dejando paso a un estado de relajación absoluta. Y calor, mucho calor.
Pero no me importaría pasar mil veces más calor si puedo volver a estar así con Diego. Porque es él quien me ha dado una nueva vida, quien me ha hecho despertar.