Fragmento #61 - Bocatas, nevera, arena y un Seat Panda.

Viernes, 30 de julio 2010
Entre Sevilla y Bolonia

Vamos de camino a la playa. Luis tiene un Seat Panda. Sí, como los de Estopa, que por cierto lleva puesto para que nos ambientemos, según dice él. Sugerí llevarme mi coche, pero por más que he insistido, ha sido imposible hacerlos cambiar de opinión.
- ¿No querrás que se te llene todo de arena? Con lo que cuesta sacarla luego... -ésa es Nerea, siempre tan positiva.
- El coche de Luis también se llenará, es lo mismo.
- No, el mío es un Seat, el tuyo es un Mini -me dice el dueño del coche-. Además, es una pena dejar el tuyo tirado al sol. 
- ¡Pero si e tuyo también lo va a estar!
- Mira, es de segunda mano, repintado, ¿qué más da que esté al sol? total, ya lo está en mi calle...
No doy crédito. Mi vehículo es igual al de los demás, qué importa si es un mini, ¡como si es un Rolls Royce! Todo esto porque no quieren que mi automóvil, (ya no sé ni cómo llamarlo) no se estropee porque ha costado más caro que el de Luis.
- Por lo menos déjame que te pague la gasolina.
- Vamos a tres partes, Carla. 
Le pongo mala cara y él simplemente se encoge de hombros. Desde luego, está adorable cuando hace ese gesto. Qué pena, porque ya tengo pareja, que si no, me sería muy fácil enamorarme de este chiquillo. Tan tierno, tan resguardado a veces, con bastantes cosas que yo aún no conozco (y creo que Nerea tampoco sabe muchas de ellas), tan...
- Oye, nena, bájate de las nubes, que sólo vamos a la playa eh, no a Disneyland.
- Perdona.
- Venga, sube esa tienda ya o nos cogerá caravana.
Nos vamos para pasar el fin de semana en un camping. Sólo los tres. Allí planean encontrarse con otros amigos que llevan ya casi una semana de vacaciones. Llevamos una sola tienda de campaña, para los tres. Es de esas grandes en las que caben hasta cuatro personas, con un espacio fuera. Varias veces he ido yo de camping con mi tío, el viajero. Siempre me hacía como una especie de habitación dentro de la tienda, por pequeña que fuera. Y vivíamos aventuras de verdad, acampábamos en bosques canadienses, íbamos a buscar a los osos, me llevaba a playas de arena fina y dormíamos en hamacas colgadas entre palmeras... Pero todo se estropeó a partir de los quince años, cuando mi madre consideró que no era de señoritas de buena educación irse de viaje "a lo macho", ducharse donde y cuando podíamos, y ese tipo de cosas. Adoraba a mi tío, y aún sigo adorándolo. Aunque puede parecer otro tipo de relación, el de un adulto con su sobrina recorriendo el mundo y durmiendo juntos en una misma tienda de campaña, he de decir que nunca me ha puesto una mano encima ni me ha mirado diferente a como lo haría si estuviéramos en casa tomando café. Además, era más pequeña y él tenía las mujeres que quería y cuando las quería, porque era un hombre alto, muy guapo (o por lo menos para mí), y el mejor de todos los tíos del mundo. No necesitaba a una menor para complacer sus deseos.
- ¡Ey, Carlita, despierta, que ya hemos llegado!

Abro los ojos, no estaba dormida, solamente disfrutando de un poco de "intimidad" en el asiento trasero. Delante de mí se extiende el mar azul, y la playa, esperándonos. Detrás, a unos pocos metros, el camping. Apenas hay gente, algo muy extraño para los días que son y la época de crisis, que hace que la gente se vaya a estos sitios y en lugar de paellas tome bocatas y latas de coca-cola de Hacendado. Pero con estos víveres en la nevera azul de toda la vida, miro al mar y sólo veo felicidad.