Fragmento #62 - Bolonia

Sábado, 31 de julio 2010
En Bolonia

Estamos cerca de Tarifa, demasiado lejos para un fin de semana quizás. Pero merece la pena. Esto no está masificado y además está muy cerca de las ruinas romanas. Estoy dando una vuelta por las ruinas ahora, por la mañana antes de que pegue el sol y sea la hora de bañarme. Desde ayer he hecho migas con una chica y un chico más especialmente. Sin embargo, es otro chico y Luis quienes me acompañan en la visita a las ruinas.
- Qué pena que esto se abandonara.
- Tío, de eso hace más de mil años -salta Joaquín, su colega.
- Luis tiene razón, es un enclave fantástico, tanto por belleza como por la situación geoestratégica, para las relaciones comerciales y de defensa con...
- ¿Has estudiado historia? -este chico comienza a caerme gordo-, pareces una profesora, o mejor... una guía.
- Oye, déjala ¿quieres?
- No te preocupes, Luis -acto seguido me planté delante de su colega-. Es cultural general. Y no, no he estudiado historia, de hecho estoy con él en Periodismo, pero tengo que tener conocimientos de todo tipo, sobre todo cuando es algo que todos debemos saber.
- Pfff, hablas como una profesora de cincuenta años. Qué pena.
- ¿Qué pena de qué? -Luis se está poniendo nervioso, y yo también.
- Pues que estás buena pero hablando la pifias.
- Déjate de idioteces, ¿vale? -venga, ahora haz el mismo gesto que la Belén Estaban, Luisito.
- Me piro, tíos. Esto es una chorrada.
- ¡Mejor!
- Déjalo ya, Luis.
- ¿¡Pero no has visto lo que te ha dicho!?
- Hay gente que me ha dicho, y hecho, cosas peores -lo miro de reojo-. Es mejor no ponerse a su altura. Aún así, muchas gracias.
- De nada.
Reemprendemos la marcha. Caminamos juntos, ambos callados, nos hacemos fotos, una de ellas en la ventana al mar, o así la he llamado yo. Es un hueco en una pared de piedra, de una casa, a través de la cual se ve el mar. Pienso en Diego, por primera vez desde anoche cuando me fui a dormir. Me gustaría poder estar aquí con él, pero sé que en este momento estoy donde quiero estar. No le hecho tanto de menos como había esperado, estoy a gusto con Luis y Nerea, y hacen que no sienta tanto la distancia con él este fin de semana.

Me mira, me revuelve el pelo y sonríe, con esa sonrisa cálida y sincera que es su esencia, lo que a veces esconde debajo de una capa evita-daños. No puedo evitar devolvérsela, y le doy un abrazo, algo que le pilla por sorpresa porque tarda en cerrar los brazos. Siento que es un amigo como los pocos que conservo en mi vida. Y eso me gusta.