Fragmento #63 - Duchas públicas

Domingo, 1 de agosto 2010
En Bolonia

Varias horas tumbada al sol. Vuelta y vuelta, como las sardinas. Luis está a mi lado, menos mal, porque el plasta de su amiguito ha vuelto a dárselas de listillo conmigo. Nerea está boca-arriba, con las gafas de sol puestas mientras otro de los amigos de Luis le "unta" bronceador por el cuerpo. Y digo unta porque le ha puesto una capa tan espesa que parece mantequilla. Seguro que no se quema. Claro que con la excusa de que es mucha cantidad, puede estar manoseándola durante más tiempo.
- ¿Te apetece un baño? -Luis se da media vuelta, mirando hacia mí.
- Creo que sí. Me están dando arcadas de tanto empastelamiento.

El agua está más fría ahora que llevamos tiempo debajo del sol y estamos bien calentitos. Empiezo a tiritar instintivamente, mientras me mojo la nuca, las muñecas y el antebrazo.
- Eso lo hace también mi madre... ¡y mi abuela!
- Es para coger la misma temperatura gradualmente. No quiero que me dé un ataque aquí...
Me mira y nos echamos a reír. Desde luego, qué bueno es este chico. Entramos más dentro, aunque las olas nos empujan hacia afuera. Están juguetonas. Son nuestras últimas horas de playa, antes de irnos de vuelta a Sevilla al anochecer.
Cuando el sol comienza a bajar, alrededor de las ocho de la tarde, es el momento de darse una buena ducha, recoger la tienda y poner rumbo a la ciudad. Como las duchas aquí son públicas, me meto en una de ellas con chanclas incluidas para evitar hongos en los pies, y claro, hay agua en el suelo que resbala. Carla la patosa vuelve a hacer gala de su torpeza al salir envuelta en una toalla y pisar justo al borde del escalón donde están construidas. La toalla va fuera, por supuesto, y yo caigo de culo en el charco, mojándome las braguitas limpias que (menos mal) llevaba debajo ya puestas. Todos excepto Nerea han visto mi espectacular caída. Bueno, y Luis, que sale de su ducha justo después y me ve sin sujetador y en bragas ya en el suelo. Yo misma, al verme de esa guisa, empiezo a reír junto a los demás, mientras me tapo como puedo y Luis me acerca mi toalla. Desde luego, es el perfecto colofón final a un gran fin de semana.