Fragmento #67 - En mi lado del sofá

Jueves, 5 de agosto 2010
En Sevilla

- Voy a ir, da igual lo que digas.
- Carla, entra en razón.
- ¡No! -miro enfadada a Nerea, sentada en el sofá mientras yo me paseo por el salón.
- Seguro que está bien, se habrá olvidado.
- Precisamente es por eso: cómo va a olvidarse de mi.
De lo nuestro, pienso. Pero eso me lo callo, no puedo asimilar que tenga algo de verdadero.
Luis y Nerea se miran, y luego me miran a mí.
- Tengo que irme, me están esperando.
- ¿Qué?
- Yo me quedo contigo, no te preocupes -dice Luis.
- No necesito que nadie haga de niñera, sé cuidarme solita y no, no me voy a coger la maleta y tirar para el aeropuerto aunque lo haya pensado. Tengo que trabajar.
- De todas formas, voy a hacerlo -si antes los tenía preocupados, ahora más.
Al cabo de unos minutos, Nerea se va y nos quedamos los dos solos. El piso está en silencio, ninguno de los dos habla. Son más de las 9 hace una hora que cerré el bar y el sol está poniéndose. Se ve desde el salón, detrás de los edificios, una luz anaranjada que hace que parezca que está ardiendo. Tengo ganas de llorar, así que me siento y bebo un poco de agua. Intento comenzar una conversación.
- Luis, ¿cuánto hace que eres gay? -el interpelado me mira sorprendido-, no hace falta que lo ocultes, lo sé.
- Pues... bueno, verás, es que...
- Va, bueno, cambiemos de tema, cuando quieras me cuentas en qué momento saldrás del armario.
Me mira con ojos de cordero degollado. Vaya, creo que he sido demasiado cruel.
- Perdona, no sé ni lo que digo, yo...
E inevitablemente, rompo a llorar. Delante suya, de una persona, más concretamente de un chico, después de más de 15 años. El único chico que me ha visto llorar es mi amigo de la infancia, y mi amiga, claro, además de mi tata. Sólo Diego, y ahora Luis. Siento que con él no puedo tener secretos, sabe leer dentro de mí, ver lo que pienso a través de mis ojos. Para él soy como un libro abierto, lo siento así.

Deja que me desahogue los primeros cinco minutos, sentado enfrente de mí, quieto, mirándome fijamente. Y después me abraza. Un gesto, cálido y tierno, que sabe a alguien que conocieras de toda tu vida, protector, fiel, que te quiere. Que me quiere. Me tranquiliza, me siento mucho más a gusto que con Diego, más relajada, puedo ser yo misma. Aunque eso no quiere decir que con mi novio no lo sea, pero es diferente, siempre estoy como en tensión, alerta, nunca me he sentido tan bien con él, ni siquiera después de hacer el amor, como estando ahora abrazada a Luis. Es como si estuviera completa, el que llena un pequeño espacio que he tenido siempre dentro de mí y que nunca lo había sentido tan claramente como ahora que está lleno. Porque sucede en muchas ocasiones que sientes que algo falta, una sensación de casi plenitud pero una milésima parte queda vacía, y no te das cuenta de eso hasta que llega alguien que lo llena por completo.
Pero estoy con Diego, quiero... sí, quiero a Diego, es mi novio, y además, Luis es mi amigo y es gay. Es otro tipo de atracción, no solamente física como la que muchas veces me hace sentir Diego, es algo más, incapaz de explicar. Algo que igual es simplemente porque es mi amigo.

Le doy un beso en en cuello, inconsciente, inocente, él se pone rígido al notarlo, y yo también al darme cuenta de lo que he hecho y hacia dónde han derivado mis pensamientos. Me separa dulcemente, sosteniéndome por ambos brazos, como si fuera una muñeca, de cristal, frágil. Me mira a los ojos, los suyos también llorosos pero no entiendo por qué, y me da un beso en la frente. Cálido y puro. Entonces, me siento en paz, tranquila, y al cabo de un rato me quedo dormida en el sofá a su lado, mientras suena La Oreja de Van Gogh en la radio.