Fragmento #76 - Suavemente

Lunes, 23 de agosto 2010
En Sevilla

Despierto con la claridad que entra por la ventana. Al darme la vuelta topo con algo. Me giro mejor y veo la cara de un hombre sobre la almohada. Un rostro en paz, con el pelo revuelto, dormido. La bella imagen del placer de dormir, reflejada en mi amigo Luis. Recuerdo todo lo ocurrido la noche anterior de golpe, por qué está en casa y por qué duerme a mi lado, en la cama. Su mano descansa sobre la almohada, junto a la cara. Instintivamente le retiro de la frente un mechón corto de pelo, él ni se inmuta. Apenas rozando su piel paso la yema de mis dedos por en entrecejo, las cejas, bajando luego por la nariz. Resopla al sentir el contacto, pero sigue dormido, así que llego a la zona del bigote, un poco áspera por la barba incipiente después de un día sin afeitar. Tiene los labios entreabiertos, respirando acompasadamente y produciéndome cosquillas en la punta de dedo. Los tiene ni muy gruesos ni muy finos, blanditos como una esponja.

Abre los ojos tranquilamente, pestañea un par de veces, y su cara relajada, se colma aún más de paz cuando me enfoca. Acaricia mi mano, que ha quedado apoyada sobre su antebrazo, cerca de la barbilla. No entiendo por qué, pero grabo a fuego en mi mente este momento, sé que significa algo muy importante, aunque todavía no sé el qué exactamente. A mí también me da paz verlo, así, tumbado a mi lado. Siento que estoy a salvo, que nada malo podrá afectarme, siento... algo parecido a la felicidad. Porque no sé si es posible sentirla cuando hace poco te han roto el corazón y todavía está sanando. Pero si no es "felicidad" con todas sus letras, es algo que se le parece mucho, y que hace tiempo no sentía. Ni siquiera con Diego.
Diego... Ahora mismo no me duele pensar en él. Al contrario, siento que con Luis al lado, Diego deja de existir, ha salido de mi corazón y aunque ha dejado un hueco en él, no puede herirme más.

Me acerco más a Luis, lo abrazo. Él me pasa la mano buena por el hombro. Qué a gusto estoy así. Huelo su colonia "para salir" de anoche, mezclada con el olor de la camiseta que un par de veces se había puesto Diego, que siempre está en mi armario porque me encantan los pijamas de hombre para dormir cómoda. Siento un calor que me recorre desde los pies hasta la cabeza. Lo agarro con más fuerza, apretándome contra él, me rodea con ambos brazos y estamos así unos minutos. Tengo necesidad de él, siento algo muy extraño pues, a la vez de ternura, quiero que me proteja siempre, en sus brazos estoy segura, y también quiero dárselo todo, que sienta que yo también estoy ahí para él, para siempre. Pero no es lo único, hay otra necesidad ahí que clama por ser saciada, se trata de una necesidad física, de contacto, de sentir su tacto, su piel sobre la mía. ¿Por qué? ¿Quizás porque la ropa, el débil olor, me recuerdan a Diego? Entonces, lo noto. Está a mil. en el silencio de la mañana que despierta, resuena tan fuerte en mis oídos que estoy segura de que Luis también puede escucharlo. Siento el la cadencia, cada vez más rápida, en las sienes y el pecho. Y en otro sitio más íntimo. Cada vez tengo más calor, y a su vez, más rápido me va el corazón.

Luis mueve la mano, de los hombros a la cabeza, me acaricia el pelo, con mano temblorosa al principio. Coge un par de mechones y los coloca detrás de la oreja, jugueteando con la punta y haciéndome cosquillitas por la mejilla con ella. Deja el mechón descansando en el cuello, llegando a esa parte mágica para algunas mujeres (también para mí), sensible y excitante si ellos saben hacerlo bien. Entonces, acaricia suavemente la base del cuello, sube por el lado hasta la mandíbula, presiona buscando el punto donde fluye la sangre, en la yugular, sintiendo mis latidos frenéticos concentrados en ese punto. Luego baja poco a poco haciendo el recorrido de la tráquea hasta la base del cuello, donde queda la cuna de las lágrimas, y comienza el esternón.

- ¡Ring ring ring!

Doy un bote en la cama, se rompe todo el encanto del momento. ¡Maldito teléfono!