Fragmento #79 - Extremadura

Jueves, 26 de agosto 2010
En Mérida

Hace bastante calor, pero eso no nos impide hacer turismo por la Emerita Augusta de los romanos. Después  de comer queso de cabra con confitura de tomate y pan tostado, un poco de jamón y algo de vino de la tierra, salimos del bar y echamos a andar. Por suerte, estamos a finales de agosto y ya por la tarde empieza a refrescar por esta zona. Llegamos al Templo de Diana, recorremos Alcazaba y el circo, hasta que llega la hora de regresar y darse una ducha.

Nos hospedamos en un pueblo a una hora escasa de Mérida, la cuna de Zurbarán. De nombre Fuente de Cantos, es también el lugar que vio nacer a mi madre y a su familia. Eran lo que se consideraba la élite del pueblo, pues mi abuelo era el médico. Y los privilegiados de las pequeñas localidades eran siempre: el cura, el maestro, el médico y el boticario. Por lo tanto, siempre hemos sido algo así como la Crème de Fuente de Cantos. La casa de la familia es grande, de muros gruesos y ambiente fresco. Consta de dos plantas, y un patio grande en la parte de atrás. Está casi en pleno centro. Sin embargo, prefiero lo que es el límite del pueblo. Hay una casa, de mi abuela, que nunca ha vendido por su apego a ella, al lugar donde se crió, donde pasaron los primeros años de casados el matrimonio. Una pequeña casita de tres habitaciones, salón, cocina, baño, un pequeño patio y un corral con un cuartillo para guardar los trastos. Un lugar especial, donde he pasado parte de mi infancia en verano, un mes entero antes o después de ir de viaje con mi tío, siempre me quedaba con mi tía "la soltera" allí. Mi abuela pasaba también algunas noches con nosotras. Porque a pesar de tener la casa grande, la pequeña era para nosotros mucho más... especial.

Así que hacia allí nos dirigíamos. Tenía las llaves de la casa pequeña para disponer de ella cuando quisiera, mi abuela y mi tía sabían que podían confiar en que hiciera lo que hiciese, nunca sería algo que la dañara. Conocían lo importante que era para mí. Pocas personas saben la debilidad que tengo hacia este rinconcito de paz, de hecho, Luis es el primero de todos mis conocidos que llevo allí.

Le preparo el baño a Luis, después de encender luces, abrir la llave de paso del agua, y comprobar que todo funciona. Después, entro yo. Sólo se escucha el sonido del agua y de los pájaros al atardecer. Salgo envuelta en una toalla, esta vez con ropa interior debajo para evitar percances, y me dirijo al cuarto donde siempre me he quedado yo. Allí está Luis, tumbado en la cama, con el torso descubierto, mirando fijamente el techo de tablones de madera.
- Curioso.
- Es típico en la zona -le respondo.
Miro cómo sube y baja su pecho por la respiración. Otra vez esos calores. Y la taquicardia. Estoy segura de lo que es, aunque no logro comprender cómo ha podido suceder tan rápido y poco después de Diego. Y con esta intensidad, mucho mayor. Tengo la tentación de acariciarlo, pero me retengo. "¡Luis es gay!¡Quítatelo de la cabeza o terminarás haciéndote daño, Carlita!".
Así pues, me levanto, le tiendo la mano y tiro de él. Es hora de cenar y todavía estoy a medio vestir.