Fragmento #112 - Fragmentos de realidad

Domingo, 7 de Noviembre 2010
En el hospital

- Nada.
- ¿Y ahora?
- Qué va.
- Sí que eres complicada, te lo pongo así y se acabó.
Termina atándome el pañuelo alrededor de la cabeza como si fuera una vieja de mediados de siglo,  del campo y vestida de negro, de las que salen en las fotografías antiguas.
- Van a venir y no quiero que esté mal puesto. Tengo que estar presentable.
Una enfermera está ayudándome a ducharme, vestirme y ponerme el patético pañuelo para ocultar mi cabeza rapada y la cicatriz de cinco centímetros justo en el medio de ella. Van a venir mis amigos a visitarme. Hace un par de horas que me escribieron por whatsapp, y en cuanto terminaran las clases, se pasarían por el hospital.
Aún no recuerdo qué ocurrió, pero los médicos me han relatado los puntos más importantes, porque debo ser yo quien termine reconstruyendo la realidad. Tuve un accidente de tráfico. Me crucé frente a un autobús, dentro del túnel que pasa junto a la Facultad de Química, en la Cartuja, frente al descampado del Estadio Olímpico. No saben por qué, ni yo tampoco. Pero terminé en el hospital, con un edema en la cabeza del que me operaron de urgencia, entrando en coma durante dos semanas, con una pierna rota, una fisura en un brazo, y contracturas en toda la espalda y cuello. Un poema, vamos.

Por tanto, apenas si me puedo mover porque me duele todo el cuerpo y las estúpidas escayolas. Al menos ya me han quitado el collarín. Así que me tienen que ayudar a todo. Al menos, los masajes aunque duelan al principio, me relajan durante unas horas.

Salimos del baño, yo en silla de ruedas y vestida con un pijama de hospital, por supuesto, pero oliendo a colonia de bebé,  y con algo de maquillaje para disimular la mala cara. 
Pocos minutos después, la cabeza de Nerea asoma por el pasillo de la habitación. Detrás de ella, llega Luis. Por suerte, no viene Ana. Pero sí Raúl, con la novia.

La cama de al lado está vacía, esta mañana le dieron el alta a mi compañera, una mujer de cincuenta años, agradable, con una hija aún más, y un yerno que se desvivía en complacerla. Ya me gustaría a mí tener esa familia. Si bien es cierto que todas las tardes, mi padre, madre o hermana me hacían compañía, no tenía nada que ver con el cariño que se veía entre ellos.

Me traen un ramo de flores, un oso de peluche, y una caja de bombones. Típico. Pero me alegraba.
- Me alegro de que ya estés mejor -Nerea titubea, creo que le impone tanta escayola. ¿O es el pañuelo?.
Abro el brazo bueno, y finalmente me abraza.
Luis es menos reticente. Veo culpa en sus ojos por algún motivo. Siento una punzada en el pecho, en el fondo sé por qué, pero no logro sacarlo a la superficie del entendimiento.
Luego, por turnos, también Raúl y la chica me dan un abrazo.

Todos se alegran de verme. O eso parece. Luis está callado mientras los otros parlotean. Me observa, pero en cuanto ve que le devuelvo la mirada, retira la suya. Está nervioso, algo extrañó en él.

La tarde se pasa volando, igual que el tema del que nadie quiere hablar: qué hice para estrellarme contra el bus. Todos lo evitan. Me vienen a la memoria pequeños fragmentos, dispersos, entre niebla, que no sé si pertenecen a sueños o a la realidad. Sea como sea, ellos se van, y yo me quedo de nuevo allí, con recuerdos inconexos, en la habitación del hospital.