Fragmento #120 – Dulce mañana de diciembre

Sábado, 11 de diciembre de 2010
En Sevilla

Abro un ojo, luego el otro. Una cara, al principio borrosa, va tomando forma. Es la de Luis. Hemos pasado la noche juntos. Después de todo, me dejé llevar y volvemos a estar en el inicio. O eso creo.
Gruñe a mi lado, cuando abre los ojos.
- Qué, ¿de resaca?
- Mmmm sí…
- Eso te pasa por emborracharte
- Te pareces a mi madre, deja de sermonearme –estira un brazo y me arrastra hacia él-, y ven aquí.
Me dejo hacer. Se levanta sobre sus brazos, yo medio debajo de él, lo miro. ¿No es un sueño?
- Que conste que los borrachos siempre dicen la verdad, al igual que los niños.
- ¿Y si eras un niño borracho? ¿Cómo qué cuenta eso? –me río, qué hacer si no.
- Carla, quiero estar contigo. No es ninguna broma, y no es por pena.
- Ey, ey, para el carro.
Intento incorporarme, pero me aprieta contra el colchón, obligándome a permanecer acostada.
- Te lo digo en serio. Es verdad que al principio, el remordimiento me comía, pero porque pude perderte, y no quiero eso. Te quiero a ti.
Y sin dejar lugar a que le respondiera, se echa sobre mí, besándome, apretándose contra mi cuerpo. El ardor mañanero está ahí, haciendo presión, mientras recorre con sus manos la curva de mis caderas, mis senos desnudos ahora, y sigue besándome. La borrachera ya se le ha pasado, ¿verdad?

Y en un abrir y cerrar de ojos, estamos de nuevo jadeando, sintiendo sus músculos contra mí, notando como el calor se apodera de nosotros, intenso, surgiendo desde muy dentro, allí donde su piel roza cada centímetro de la mía. Pequeñas chispas, de placer, convirtiéndose en un chisporroteo que va aumentando, hasta convertirse en un rayo que me recorre como si un latigazo me hubieran dado, expandiendo una ola de tranquilidad segundos después. Dejándonos tumbados, exhaustos, revueltos, sin resuello, encima de la cama.

- Me importas Carla, quiero que lo sepas. Quiero que sepas que si estamos juntos, no va a ser por pena ni remordimientos.

Y antes de que pueda hablar, u objetar algo, me sella de nuevo los labios con un beso. Dulce, como es Luis. Esa dulzura me hace sentir una ternura infinita, y notar que en esos momentos, mi corazón está tranquilo, enamorado, y por fin parece que los astros se han alineado para que todo salga al derecho.